IA Informer.

Los centros de datos pueden borrar décadas de mejoras en la calidad del aire en Texas

Un informe advierte de que la expansión prevista de los centros de datos en Texas podría elevar de forma notable la contaminación atmosférica si el aumento de demanda eléctrica se cubre con gas y otras fuentes fósiles. El impacto potencial no se limita a las emisiones: también afecta a la salud pública y a la velocidad con la que el estado despliegue nueva infraestructura energética.

Ilustración editorial sobre Los centros de datos pueden borrar décadas de mejoras en la calidad del aire en Texas
Imagen editorial generada para IA Informer.

Texas, el epicentro de la infraestructura para IA

Texas se ha convertido en uno de los principales focos del despliegue físico que sostiene la inteligencia artificial generativa, con centros de datos ya operativos y otros en proyecto. La presión no viene solo por la construcción de más instalaciones, sino por la cantidad de electricidad que necesitan y por la urgencia con la que promotores y compañías eléctricas intentan asegurar ese suministro.

El informe citado en la pieza principal, elaborado por el Houston Advanced Research Center, modela distintos escenarios a partir de la demanda energética prevista para esos centros de datos. En el supuesto más pesimista, si todos los proyectos previstos se conectan a la red de Texas y se alimentan con la mezcla eléctrica esperada, los contaminantes asociados al hollín y al smog se dispararían y podrían borrar en cinco años décadas de avances en calidad del aire.

Qué empeoraría exactamente

El documento proyecta tres efectos principales si el sistema eléctrico responde a esa demanda con la combinación de generación prevista. La contaminación por partículas finas procedente del sector eléctrico se más que triplicaría y alcanzaría su nivel más alto desde 2006. Las emisiones de óxidos de nitrógeno, uno de los precursores del smog, subirían un 136% y se acercarían a los niveles de 2004. Y el dióxido de carbono aumentaría un 90% respecto a 2025.

No se trata de una predicción cerrada ni de un resultado inevitable. El estudio trabaja con tres estimaciones distintas de demanda de energía para centros de datos, y parte de los proyectos que hoy figuran como propuestos podría no llegar a construirse. Aun así, el rango del problema ya apunta a una presión intensa sobre la red y sobre la calidad del aire en el estado.

Renovables, gas y el tiempo de conexión a la red

El informe plantea dos caminos muy distintos. Si los centros de datos incorporan generación renovable in situ, como solar o eólica, las emisiones de óxidos de nitrógeno podrían ser hasta diez veces menores. En cambio, si los promotores recurren a motores o turbinas de gas para evitar las esperas que implica conectarse a la red, el resultado sería el contrario: más contaminación y el escenario con las emisiones más altas.

Ese matiz importa porque no todos los centros de datos dependen del mismo modelo de suministro. Algunas empresas ya diseñan su propia infraestructura energética para asegurar el servicio, y en varios casos están recurriendo a turbinas de gas menos eficientes para acelerar la construcción. Eso reduce el tiempo de despliegue, pero empeora el perfil ambiental de los proyectos.

Por qué Texas concentra el riesgo

Texas no solo es el mercado de centros de datos más grande en capacidad eléctrica existente y en construcción, con 26 gigavatios, sino que también acumula una cantidad muy alta de proyectos propuestos que planean operar con energía generada en el propio lugar. El estado tendría además cuatro veces más capacidad propuesta de este tipo que cualquier otro en la comparación citada por Wood Mackenzie. Esa concentración convierte cualquier decisión sobre redes, gas y renovables en una cuestión que puede alterar el aire de una región entera.

La consecuencia práctica para usuarios, empresas y administraciones es bastante concreta: el debate sobre la IA ya no se limita al consumo de tokens, al coste del cómputo o al precio de las GPU. También implica decidir cómo se alimentan físicamente los centros de datos y qué coste ambiental se acepta para sostenerlos. Si la expansión sigue el camino del gas, el precio puede medirse en salud pública y en una reversión de los progresos logrados durante años en calidad del aire.

Lo que sigue sin saberse

Lo que todavía no está cerrado es cuánta de esta capacidad proyectada acabará materializándose, qué parte se conectará a la red y qué parte recurrirá a generación propia. También queda por ver si las utilities y los promotores acelerarán el despliegue de renovables o si el tiempo de conexión empujará más proyectos hacia soluciones fósiles. Por ahora, el mensaje del informe es claro: el auge de los centros de datos ya no es solo una historia de infraestructura digital, sino también de emisiones locales y de aire más sucio.